sábado, 31 de diciembre de 2016

Implicación de los padres en la educación

La escritora Carmen Posadas escribía en el semanal de un periódico nacional un artículo en forma de ironía-protesta, sobre el absurdo a lo que se puede llevar la participación de los padres en la educación de sus hijos
Según esta autora la escuela infantil a la que su vecina llevaba a su hijo le había hecho vestir de amarillo porque era el día del huevo.
No sé si la anécdota es verdadera, pero nos hace reflexionar sobre el papel de los padres en la educación de sus hijos y la implicación explícita que  los educadores les pedimos.
Hay padres que se quejan de que desde la escuela les "exigen" que les lean a sus hijos determinado cuento y hagan algún dibujo referente. Los educadores ven normal que hagan esto los padres pero qué pasa si éstos no lo ven, si lo realizan, no como un modo de disfrutar con su hijo aprendiendo el uno del otro, sino como un deber.
Para mi todo lo que se haga entre padres e hijos como actividad conjunta debe llevar una disposición adecuada, sin prisas, sin imposiciones. Que sea realmente educativo y esencial y no frívolo. Hay madres que se ilusionan preparando un disfraz para su hijo pero no leyendo con él un cuento.
Podemos entrar en si es nuestra labor educar a los padres, pero en cualquier caso es cooperar con los padres en la educación de los más pequeños sin imposiciones por ninguna de las partes pero sí con mucha sintonía y sentido común

lunes, 28 de noviembre de 2016

El CAIT S. Juan de Dios cumple 10 años

El CAIT S. Juan de Dios de Córdoba cumple 10 de funcionamiento.
Desde su apertura se ha dado tratamiento a 1,225 niños de edades comprendidas entre cero y seis años.
Felicidades compañeras. Me consta que vuestro buen hacer sigue repercutiendo en las familias a cuyos peques tratáis. No puede ser de otro modo cuando la organización deja aflorar el capital humano con el que cuenta.
Fuerza, y a seguir dando lo mejor de vosotras.
Un abrazo.

domingo, 27 de noviembre de 2016

Quien maltrata a su pareja no es buen padre

Estos días estamos viviendo las movilizaciones contra el maltrato a la mujer. Estas actividades, junto con las nuevas normativas y sensibilización social han
hecho posible visibilizar el infierno que viven las mujeres que conviven con su maltratador. Pero aún queda una asignatura pendiente: los niños.
Los hijos de un maltratador son usados por éste como arma arrojadiza contra la madre. Pero no se le da la importancia que se merece. Estos hijos viven en un ambiente de violencia que debería estar muy lejos de ellos. Algunos desarrollarán una actitud violenta, otros permanecerán en actitud miedosa o ausente, pero todos crecerán marcados de por vida.
La escuela es un observatorio privilegiado para descubrir maltrato  en el hogar a partir del estado anímico de los niños, sus juegos, sus dibujos e incluso sus verbalizaciones.
Pero el hogar sigue siendo un lugar privado, donde los demás no tienen derecho a meter las narices.
Hay mujeres que no denuncian por miedo o dependencia económica o psíquica, en tales casos no se puede hacer nada.
La normativa que regula la convivencia escolar permite que un maestro que sospeche maltrato en un niño pueda llevarlo al médico sin permiso de los padres, por supuesto hablamos de huellas de golpes en su pequeño cuerpo. Pero qué pasa cuando no hay señales visibles, cuando el sufrimiento y el miedo se alojan en su interior. Yo pregunto si ver miedo, golpes, vejaciones en su madre, posiblemente a diario, no es maltrato para estos menores, incluso algunos pagan con su vida.
Mientras los educadores infantiles y juveniles no puedan actuar directamente, incluso cuando la madre no lo haga, para proteger a los niños de un medio tóxico de miedo y violencia, garantizando al tiempo la seguridad de la mujer, podemos seguir participando en manifestaciones, pero la lacra del maltrato se mantendrá aún por muchas generaciones.

domingo, 30 de octubre de 2016

Atención Temprana. Nuevo curso, nuevos problemas

Un nuevo curso comienza y con el trasiego que lleva consigo la atención a niños con trastornos del desarrollo o riesgo de padecerlo del que la Consejería de Salud es responsable.
La publicación del Decreto por el que se regula la Atención Temprana (AT) en el mes de abril, no ha servido para despejar dudas sobre las deficiencias que muestra la Atención Temprana.
La Plataforma Andaluza de Atención Temprana creada por familiares de niños afectados no paran de denunciar las deficiencias del servicio: Listas de espera, escaso número de horas de tratamiento. Atención en grupo etc.
¿Cuáles pueden ser las causas de ello?. Intentaremos analizarlo por partes.
En el Decreto se crea las unidades de diagnóstico (UAT) para valorar a los niños susceptibles de recibir tratamiento, cuestión que antes estaba en manos de los CAIT. Estos ahora sólo realizarán función de tratamiento. Si bien es cierto que estas unidades (UAT) pueden aportar mayor homogeneidad en el diagnóstico, tiene la grave contrapartida de ralentizar el tratamiento, ya que en ciudades como Sevilla o Málaga o Cádiz contarán con dos, pero el resto de provincias todos los casos derivados tendrán que ser evaluados por una única Unidad. Si antes, que cada CAIT evaluaba a los suyos contaban con listas de espera, ahora el caos está servido.
Además el tratamiento depende directamente del diagnóstico, es decir el número de UMAT se establece según el diagnóstico ODAT en un esfuerzo, a mi entender estéril, por unificar los criterios de tratamiento. Es decir cualquier niño diagnosticado de TEA  tendrá derecho al mismo número de UMAT sea cual sea la situación personal y el curso de su trastorno. Que esto aporta homogeneidad, sin duda, pero olvida que las etiquetas, y el diagnóstico no es más que eso, tapan un montón de variables con las que cada individuo convive y que hace de su trastorno un aspecto único con individualidad en el tratamiento.
En el Decreto se sigue garantizando el tratamiento de niños de 0 a 6 años. Este tratamiento tiene la peculiaridad de ser socioeducativo. En este caso en qué se distingue del recibido en la escuela a los menores de 3 a 6 años escolarizados y que reciben tratamiento especializado en un aula de integración o educación especial?. Seguimos sin verlo claro, máxime cuando el tratamiento cada vez se da más en grupo y se impide que los padres puedan participar de las sesiones, como denuncia la plataforma andaluza de AT. A pesar de que manifiestamente no hay suficientes recursos, se sigue jugando a la baza más alta. Recuerda a la manera que nuestros políticos tienen de solucionar los temas complejos: el consabido "café con leche para todos".
Aunque confío en las personas responsables de solucionar los problemas de coyuntura técnica en atención temprana, sigo viendo casi imposible su solución porque nace viciado de base. No se quiere aceptar que los recursos son escasos y que la demanda cada vez es mayor. Los escasos recursos hacen que la asistencia no pueda ser de la calidad que podría ser, dado el nivel de los profesionales a cargo.
O se revisa el sistema con la humildad debida o la queja será un mal endémico y una manera de que quien pueda permitírselo busque respuesta en el tratamiento privado.

jueves, 15 de septiembre de 2016

NO ES PAIS PARA NIÑOS

En el programa de radio ciudadano García (Radio Nacional) han tratado el tema del periodo de adaptación en los coles para los más pequeños (12-09-2016), por el que en la primera semana de curso no se cumple el horario completo de los alumnos pequeños para ayudarles a adaptarse a la escuela.
El tratamiento que los dos presentadores daban al tema fue sólo el preludio monocorde de lo que después dirían los oyentes invitados a dar su opinión. Los participantes se quejaban de la dificultad para padres y abuelos para recogerlos antes de terminar la jornada laboral, y que no servía para nada más que para que el profesorado se adaptara a volver a trabajar después de sus largas vacaciones. Un presentador decía que para evitarse el periodo de adaptación llevó a sus hijos con meses y que dijo que no le era posible recogerlos antes de agotar la jornada completa.
No entender lo que para un niño significa cambiar su entorno, sus hábitos, pasar del núcleo familiar a ser uno más entre 8, 15 o 20, si son bebés, o tienen uno o dos años respectivamente, o 25 a los tres años, significa no tener la más mínima sensibilidad. Que los padres trabajan, lo sabemos. Pero lo que no comprendo es que no haya voces que se alcen razonablemente buscando la verdadera conciliación familiar, en lugar de sólo pedir que sus hijos estén en los centros educativos jornadas de adulto explotado.
Los ciudadanos de países sudamericanos como Argentina, Chile, etc., se escandalizan, y con razón, de nuestra forma de relacionarnos con los niños. Parece que en nuestro país a algunos les cuesta ver en los pequeños a seres vulnerables y que dependen de los adultos para alcanzar satisfactoriamente su madurez en todos los niveles, pero sobre todo en el emocional. Me espanta pensar en qué clase de cínicos se convertirán estos niños criados por estos hedonistas padres.
Ser padres no es fácil, nadie dice lo contrario, significa sacrificio y entrega, pero compensa cuando se contempla el resultado. Saberse responsable de que tu hijo se convierta en un ser maduro y feliz hace olvidar cualquier sinsabor. Pero en nuestro tiempo todo se rige por la inmediatez, por la autocomplacencia, por el camino más corto y fácil. Si no se quiere sacrificio lo mejor es no tener hijos.

Espero que nuestro país sea un lugar donde los niños se sientan protegidos, queridos, aceptados, comprendidos y no se convierta en un lugar difícil por su incapacidad para mostrar empatía para con los más pequeños, que precisan, más que nadie, de seguridad emocional.   

sábado, 21 de mayo de 2016

EDUCAR DESDE EL CONTROL Y LA RESPONSABILIDAD

La noticia que hace una semana saltó a los medios de comunicación puede ayudarnos a recapacitar sobre qué tipo de educación dar a los niños:
En Barcelona dos niños de 5 años abandonan el colegio, van hasta la estación de ferrocarril, toman un tren y viajan más de media hora hasta que levantan las sospechas de un pasajero que alerta a los mossos  

Enseguida saltó la polémica. ¡Cómo dos niños de cinco años pueden abandonar el colegio sin ser vistos! ¡Cómo durante el trayecto que hicieron hasta la estación cogidos de la mano nadie los detuvo ni preocupó que andasen solos por la calle con tan corta edad! ¡Cómo una vez en el vagón no llamaran la atención de nadie a excepción de un solo viajero! ¿Qué pasa con los adultos, cómo es posible que la "tribu" se despreocupe de los más vulnerables?
La polémica esta servida entre los que propugnan una educación desde la responsabilidad, en la que se intenta que el niño sea capaz de autorregularse, consciente del compromiso que contrae para ayudar en su seguridad, en la medida de sus posibilidades, y los que opinan que los adultos a cargo son culpables de cualquier situación que se pueda dar.
Por supuesto que los niños deben estar en un entorno seguro, a salvo de intromisiones y situaciones indeseables, pero a veces no se puede controlar todo porque en la vida existen los imprevistos, y es ahí donde hay que educar en la responsabilidad. Por supuesto que un centro no debe tener sus puertas abiertas a cualquier hora sin control, pero también se debe alertar a los niños para que no abandonen el centro si encuentran una puerta abierta por cualquier circunstancia, porque los mayores se van a preocupar por ellos, ya que puede ser peligroso que los niños pequeños vayan solos por la calle.
Hallar el equilibrio para alertar sin infligir miedo, evitando crear niños asustadizos e inseguros, no es tan difícil si actuamos desde la serenidad, el diálogo y la confianza. 
Parece ser que el niño protagonista de la aventura quería llevar a su amiga a su casa para enseñarle sus juguetes. Para él no existía riesgo "porque sabía ir". La familia del niño parece que no ha presentado denuncia alguna por la presunta negligencia del centro, en cambio si lo hizo los padres de la niña. Tenemos claramente escenificadas las dos actitudes: control frente a autorregulación-responsabilidad. Es preciso un equilibrio de ambas.
La educación es un equilibrio de fuerzas entre lo que aporta el educador y el educando. Es imposible en todos los casos prevenir todas las posibilidades por eso hay que alertar, enseñar estrategias para que el menor sepa qué hacer si se encuentra en una situación difícil, al tiempo que debe conocer los límites y respetarlos.
Es por esto que nos decantamos por un control para presentar un entorno seguro, por supuesto, pero también hay que buscar la cooperación de los menores, enseñarles a que sean capaces de autorregularse, a hacerse responsables poco a poco, a actuar desde la prudencia, no desde el miedo. 

MALTRATO INFANTIL: HERIDAS EMOCIONALES

Cuando aparecen en los medios de comunicación noticias acerca de un menor maltratado nos da un vuelco el corazón, como no podía ser de otro modo. Esos malos tratos normalmente son físicos, los más fáciles de detectar: hematomas, arañazos, quemaduras, huesos rotos... Aunque veces no siempre responden a un maltrato real.
No obstante los malos tratos emocionales dejan cicatrices casi indelebles en la personalidad de quien los sufre y, aunque no son tan fáciles de detectar, no dejan lugar a duda de su existencia.

Una de esas heridas es el abandono. Un niño abandonado no sólo es quien se cría en una institución pública, el caso más grave y que puede acarrear problemas de conducta y personalidad, sino aquel cuyos padres no le ofrecen disponibilidad. Niños que quizás tengan cerca físicamente a sus progenitores, pero no le ofrecen la atención, el apoyo, la calidad de su tiempo disponible. Estos niños denotan inseguridad, rabietas cuando se quedan solos, piden desesperados la cercanía o los brazos del adulto. Si ese abandono es más grave no denotarán emoción si los padres se marchan o aparecen en su entorno, seguirán haciendo lo que hacían sin prestarles atención, respondiendo de la misma manera que lo hacen con él. 
De mayores estos niños temerán los compromisos afectivos por miedo a volver a ser abandonados. Su autoestima se verá dañada. Serán inseguros, y temerán las responsabilidades familiares, sociales o laborales a lo largo de su vida.
La traición. Sentirse traicionado por quien es lo más importante para ti es muy duro. El niño al que se miente, al que se le prometen cosas que se olvidan sistemáticamente, al que se manipula para conseguir puntualmente lo que se quiere de él no podrá confiar fácilmente en los demás. 
De mayor jamás confiará en una palabra dada, "la gente miente siempre buscando su propio provecho", pensará. Según su personalidad puede convertirse en un controlador absoluto para evitar traiciones o se verá involucrado en una rueda de traiciones para dar cumplimiento a la creencia de que la gente, ni siquiera él mismo, es confiable.  
El rechazo es otra herida que no cicatriza fácilmente. La niña que debió nacer niño, o ese niño con maneras poco masculinas para el gusto de su entorno social. El niño no deseado o aquellos que hagan lo que hagan no logran la aprobación de sus padres. Son niños tímidos, algo asustadizos. Rechazan toda aquella actividad que les huela a reto, a medirse con otros o con la propia tarea, a destacar y a tomar decisiones por no asumir el riesgo de fracaso que conlleva. 
De mayores estos niños pueden buscar la aprobación de los demás al coste que sea, incluso de sí mismos. También pueden envolverse en el halo de falsa superioridad derivada del rechazo (te desprecio antes de que tú me lo hagas a mi).
La humillación provoca un cúmulo de emociones que hieren profundamente. Usar el insulto anula, mucho peor cuando se realiza en público: "eres lo más tonto que existe", "eres un ser inútil", no llores que todos van a ver lo feo que te pones, llorón, llorica... No somos conscientes de lo mucho que hieren las palabras, es mentira que se las lleve el viento, dejan graves heridas en el alma. Someter a alguien a una crítica constante, machaca, debilita y consigue que la persona no confíe en sí misma, en sus posibilidades, que no se crea merecedora de reconocimiento, que sea recelosa ante el halago. Es quitarle lo más preciado que tiene: a sí misma. 
De mayores los niños humillados repetidamente no buscarán grandes metas. Al mismo tiempo serán hipercríticos consigo mismos y con los demás. Su necesidad de no ser cogidos en falta, de no cometer errores les llevará a mantenerse siempre en constante tensión que le impedirá disfrutar de lo que hagan, incluso de la vida. 
  
La severidad como rigor excesivo a juzgar la conducta, la rigidez en la norma, provoca en el niño el sentimiento de injusticia, y por ende le precipita al rencor. Mentirán para evitar el castigo recelosos de su propia conducta, por si acaso ha obrado mal. Estará muy pendiente de dar la respuesta que cree que los demás esperan de él. Tendrá doble moral y le será difícil actuar desde la lealtad a su propia persona.
De mayor será rehén de sí mismo, de sus planteamientos, de sus planes, de sus decisiones. El adulto que de niño fue tratado con fría dureza no admite la frescura, el dejarse fluir con los acontecimientos, le será muy difícil adaptarse a ellos. Será especialmente duro con quien se comporte de forma natural y que deje brillar su propia luz. No soporta a la gente dúctil, aquella para quien la vida no es una pesada carga sino una fuente de disfrute.
Debemos estar muy atentos a las heridas emocionales. No podremos crear una sociedad sana con niños emocionalmente enfermos.